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sábado, 12 de junio de 2010

Acreditarse


Ando escribiendo sobre los mecanismos que empleamos para acreditar las cosas de las que hablamos, es decir, los recursos que consisten en presentar pruebas que demuestren y, por tanto, hagan creer a nuestro interlocutor que lo que decimos es cierto. Se lo contaba a un amigo ayer por la mañana, y le explicaba, además, que la conversación cotidiana es muy pobre en estas estrategias.

— De hecho, ¿cuándo has visto tú a nadie presentarse (“Hola, me llamo Ramón”) y sacar como testimonio el dni? —y, sin pelos en la lengua, sentencié—. En la conversación coloquial no acreditamos nunca.

Y el espíritu de algún etnógrafo de la conversación no tardó en castigar mi soberbia (metodológica, entre otras):

Andaba yo esperando al autobús, sentada en el banco de la parada leyendo el periódico, cuando un hombre se sentó a mi lado. Aunque dijo “bon dia” sin conocerme de nada, lo que ya constituye un hecho conversacional harto peculiar en la calle Muntaner, no sospeché que la conversación que allí se iniciaba no iba a ser prototípica. Él iba fumando algo que no era tabaco y, como mi constitución endeble es particularmente sensible a algunos efluvios, me levanté. Entonces él fijó la vista en el periódico que yo llevaba, puso cara de pensar, se levantó y me dijo, en un catalán muy correcto y con una voz profunda:

—Perdona, es que he hecho una peli y me han dicho que sale la crítica ahí.

Me dijo cómo se llamaba la película y empecé a buscarla en las páginas de cultura. A pesar de que necesitaba una ducha urgente, lo cierto es que era un tipo bastante atractivo. Encontré una pequeña nota sobre la peli y dejé que la leyese.

—Moltes gràcies —me devolvió el diario—. Sale mi nombre—. Y con su porro señaló un nombre.
—Ah, muy bien, felicidades.

Y volví a leer a mi aire, probablemente las páginas deportivas, que ayer eran muchas. Identificó mi desdén barcelonés con que yo no creía su historia, con que no me tragaba que el nombre señalado fuese el suyo. Y entonces sacó la visa y acreditó sus palabras.

—¿Lo ves?, soy yo —los dos nombres coincidían.

Mientras me explicaba no sé qué sobre el director, pensaba yo en que la conversación coloquial nunca dejará de sorprenderme. Hubiese bastado con que él reforzase la verdad de su discurso de un modo clásico (“Este soy yo, en serio” o, incluso, el más solemne “Este es mi nombre, lo juro”), pero el sintió la necesidad de ir más allá y acreditar.

Por la noche, seguía dándole vueltas a eso de acreditar vía Visa. Desde luego, existen modos bien diversos de entender el término “tarjeta de crédito”: un pase de 10 viajes en autobús, 8 euros; dotar de credibilidad a tus palabras, no tiene precio.

viernes, 11 de junio de 2010

Estupideces metalingüísticas (2)

Hace unos días iniciaba aquí una sección titulada “Estupideces metalingüísticas (Sobre las tonterías que le hacen decir a la lengua sobre sí misma)”. La segunda entrega la protagoniza un tipo que, leo en El Mundo, ha escrito una novela sin tildes. No soy yo una inmovilista de la lengua; me parece que todo cambio útil que se consolide en la lengua a partir del uso repetido por los hablantes bien está. Sin embargo, en el artículo sobre la novela y en la web de la editorial se dice una serie de tonterías entre las que claman al cielo las siguientes:

1. “Esta iniciativa es innovadora”
No es cierto: lo de eliminar haches y tildes se le ha ocurrido antes que a él a muchísimos alumnos que ven en la ortografía solo un puñado de normas que sirven para suspender. El deseo de simplificar el idioma es tan viejo como los profes de lengua.
Asimismo, el tema ha sido incluso objeto de debate en el Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado en Zacatecas en 1997.

2. “Simplificandolo, el español se convertiria en un producto mas facilmente exportable”
El español no es una lengua de negocios, imagino, porque falta competitividad, no por culpa de la lengua. Es cierto que el perfil de los estudiantes de español para extranjeros no es un businessman, pero eso no es culpa de las tildes. Jamás de los jamases un alumno de español lengua extranjera me ha sugerido que podríamos dejar de usar acentos. Simplemente, los usan como pueden. El chino, lengua en auge, no es, precisamente, una lengua amable de aprender.

3. “En Francia estan deseando poder simplificar el idioma para poder exportarlo”
¿Quiénes, exactamente? Sobre la locura que está siendo el cambio ortográfico (a golpe legislativo) en el alemán mejor no hablemos…

4. “Es un cambio ortografico muy sencillo con claras ventajas y muy pocos inconvenientes”
Para muestra de uno de ellos, un botón: sin tildes no hay modo de saber cómo pronunciar el nombre del autor (Martin Ortega Carcelen); imagino que “Martín” será aguda y “Ortega”, llana. Pero a ver qué hago con “Carcelen”…
Por mi parte, quiero seguir siendo “Tara” y no "Tará".

viernes, 4 de junio de 2010

Estupideces metalingüísticas

Vivo en una manzana del Eixample en la que hay un colegio muy festivalero. Esta tarde les ha dado por montar un karaoke de grandes éxitos de los 80 que no me deja trabajar en cosas serias. Así que me he puesto a leer el Avui vía internet, a pesar de que, cual coro griego, los chavales berreaban “no me mires, no me mires”. Y a las dos noticias ya me he puesto de mala leche; y, cuando me enfado, escribo. Así que se me ha ocurrido inaugurar en este blog una sección a la que voy a llamar “estupideces metalingüísticas” (o de las tonterías que le hacen decir a la lengua sobre sí misma).

La responsable de la estupidez metalingüística de hoy es Patrícia Gabancho, cuyos artículos son con frecuencia un hilvanado de sandeces, a lo que parece, con un propósito victimista-masturbatorio que, salta a la vista, está en la línea editorial del diario —y que es un modo para vender (algunos) periódicos—.

He seleccionado el siguiente párrafo del artículo de hoy de Gabancho, titulado socarronamente "Trampas lingüísticas", que contiene diversas falacias y un argumento malévolo, que se viene repitiendo y que hay que denunciar:

El bilingüisme, malgrat el que diuen els polítics, és pervers perquè estableix, es vulgui o no, una situació de jerarquia entre les llengües en contacte. Vol dir que, quan s’esdevé una conversa entre parlants de llengües diferents, de forma automàtica una de les dues s’imposa i acaba sent el vehicle de la conversa. A Catalunya, aquest paper el fa el castellà. Hi ha diversos elements que hi ajuden, des del fet de saber que tothom pot parlar en castellà però no tothom pot fer-ho en català –el castellà no té, doncs, marge d’error– a un element més interessant, que és l’actitud colonial, simbiòtica entre el colonitzador i el colonitzat. He vist persones que, si s’adrecen a algú en català i aquest contesta en castellà, salten com una molla i diuen: “Ai, perdoni!”. Perdoni? A casa nostra? Qui és, en puritat, l’amo de la finca? El colonitzat, tot i ser l’amo del territori lingüístic, renuncia a la llengua pròpia en favor de la llengua colonial: és una cosa que està estudiadíssima. Això va confegint una pàtina de prestigi a la llengua colonial, amb el suport del mercat i de l’Estat, i el prestigi acaba minoritzant encara més la llengua colonitzada. Llavors ja és un no parar.


O sea, que Gabancho identifica a los castellanohablantes con colonos y a los catalanohablantes con colonizados, fabricando una dinámica social tan falsa como perniciosa. Esa ilusión segregacionista es un insulto, no solo a la inteligencia, a todos los catalanes, hablen el idioma que hablen. La dicotomía castellano-catalanohablante no vertebra las relaciones reales de los ciudadanos en Catalunya; es, en realidad, un tópico presente en el discurso independentista que se desmonta a la que uno, con la mente clara, pone un pie en la calle.

Por si fuera poco, la articulista escribe sin sonrojo que los catalanohablantes son los “amos de la finca”. Y, luego, los fachas serán los otros. Para darle explicación al delirio, pongámonos en antecedentes: Gabancho es una periodista argentina que en su veintena se instaló en Catalunya —con todo el derecho—, adoptó el catalán como lengua de trabajo y se ha convertido en una abanderada del catalanismo. Siendo imposible proveerse de una genealogía de rancia catalanidad, se pasa la vida construyendo la ficción de que la adquisición del idioma otorga los derechos de propiedad del suelo.

Algún tonto le acabará concediendo un premio y una parcela, al tiempo que (muchos) otros nos dedicamos a sudar la tierra en la lengua en la que buenamente nos da la gana. Y, mientras, los adolescentes continúan cantando, pasando sin trauma del Boig per tu de Sau al A quién le importa de Alaska.

jueves, 20 de mayo de 2010

La mi abuela

Siempre he sido una firme defensora de que las lenguas no tienen derechos. Son sus hablantes quienes son titulares de derechos lingüísticos, por lo que cualquier política lingüística que tenga por objeto la protección de una lengua per se carece a todas luces de sentido. La muerte de una lengua, al morir el último de sus hablantes, me parece un proceso natural contra lo que no hay nada que hacer.

Ayer, en un seminario sobre cambio lingüístico, mientras se hablaba de la reducción y la pérdida del artículo en las formas como la mi muger del español medieval, me acordé de mi abuela, que era la última hablante por mí conocida que seguía conservando esa formulación, que ya era escasa en el español del XVI, según la Gramática histórica de Penny.

Mi abuela decía “la mi casa”, tónica la i, y con su muerte culminó un proceso de cambio que había empezado hace siglos. Así, inmediatamente, mi abuela se coloca en una lista de hablantes ilustres: como el famoso Antonio Udina, que murió en 1898 y que fue el último hablante del dálmata, una lengua romance hablada en la actual Croacia.

¿Supone una pérdida lamentable el fin del dálmata? No. Igual que no lo fue el cambio en el sistema que supuso el paso de “la mi casa” a “mi casa”. Las lenguas son de los hablantes, y los hablantes cambiamos y morimos. Las únicas pérdidas, si acaso, son la de mi abuela, para mí, y la de Udina, imagino, para los suyos. Al margen de ello, no cabe el sentimiento: el trabajo de los lingüistas es describir la vida (y la muerte) de las lenguas; el propósito de las leyes es, nada más y nada menos, ocuparse de proteger a los hablantes.