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miércoles, 2 de junio de 2010

La historia del día

Ayer, en un banco del jardín de la facultad de letras, en la Universidad de Barcelona, leía yo Storytelling. La máquina de fabricar historias y formatear las mentes (2008), del francés Christian Salmon. La tesis fuerte del libro es que se ha instalado en la sociedad contemporánea un orden narrativo “que preside el formateo de los deseos y la propagación de emociones”, en el marketing, la gestión de empresas, la instrucción militar y la política. Es decir, las historias se han convertido en potentes artefactos para dirigir organizaciones y comunidades.

Mientras, en La Moncloa, el presidente Zapatero contaba una más de sus historias ejemplarizantes, en la entrega de la medalla al mérito deportivo a Edurne Pasaban. Zapatero relató los logros montañeros de la alpinista en términos de gesta heroica cargada de valores que deberían inspirarnos a todos. Así, la lucha, la confianza y la paciencia de Pasaban se presentaban como modelo; eran, en el fondo, atributos que Zapatero demandaba a los españoles, para poder salir de la crisis igual que la heroína escaladora arrostró la adversidad para coronar la cima.



El ejemplo de Zapatero constituye una muestra perfecta de lo que Salmon describe para Estados Unidos, desde la era Reagan, y para Francia, a partir del gobierno de Sarkozy: se ha afianzado un modo de hacer discursos políticos que emplea historias, dirigiéndose a las emociones y no a la razón de los ciudadanos.

Comparto, hasta cierto punto, la postura de Salmon. Es innegable el uso perverso que se puede hacer de la narrativa, pero también es verdad que la narrativa constituye un modo de cognición básico para el ser humano y, por ende, irrenunciable. Además, recurrir a los relatos, las fábulas y las parábolas para provocar el cambio social es algo tan viejo como el mundo.

Por eso, y porque también con datos y argumentaciones abstractas se puede engañar y manipular a la ciudadanía, considero que no hay que renunciar a la narración, sino que lo que se ha vuelto imprescindible es someter a la narrativa a unos criterios de ética y de racionalidad básicos. Sólo así seremos capaces de discriminar los relatos que merecen ser aceptados e integrados de aquellos que, sencillamente, dan gato por liebre.