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viernes, 4 de junio de 2010

Estupideces metalingüísticas

Vivo en una manzana del Eixample en la que hay un colegio muy festivalero. Esta tarde les ha dado por montar un karaoke de grandes éxitos de los 80 que no me deja trabajar en cosas serias. Así que me he puesto a leer el Avui vía internet, a pesar de que, cual coro griego, los chavales berreaban “no me mires, no me mires”. Y a las dos noticias ya me he puesto de mala leche; y, cuando me enfado, escribo. Así que se me ha ocurrido inaugurar en este blog una sección a la que voy a llamar “estupideces metalingüísticas” (o de las tonterías que le hacen decir a la lengua sobre sí misma).

La responsable de la estupidez metalingüística de hoy es Patrícia Gabancho, cuyos artículos son con frecuencia un hilvanado de sandeces, a lo que parece, con un propósito victimista-masturbatorio que, salta a la vista, está en la línea editorial del diario —y que es un modo para vender (algunos) periódicos—.

He seleccionado el siguiente párrafo del artículo de hoy de Gabancho, titulado socarronamente "Trampas lingüísticas", que contiene diversas falacias y un argumento malévolo, que se viene repitiendo y que hay que denunciar:

El bilingüisme, malgrat el que diuen els polítics, és pervers perquè estableix, es vulgui o no, una situació de jerarquia entre les llengües en contacte. Vol dir que, quan s’esdevé una conversa entre parlants de llengües diferents, de forma automàtica una de les dues s’imposa i acaba sent el vehicle de la conversa. A Catalunya, aquest paper el fa el castellà. Hi ha diversos elements que hi ajuden, des del fet de saber que tothom pot parlar en castellà però no tothom pot fer-ho en català –el castellà no té, doncs, marge d’error– a un element més interessant, que és l’actitud colonial, simbiòtica entre el colonitzador i el colonitzat. He vist persones que, si s’adrecen a algú en català i aquest contesta en castellà, salten com una molla i diuen: “Ai, perdoni!”. Perdoni? A casa nostra? Qui és, en puritat, l’amo de la finca? El colonitzat, tot i ser l’amo del territori lingüístic, renuncia a la llengua pròpia en favor de la llengua colonial: és una cosa que està estudiadíssima. Això va confegint una pàtina de prestigi a la llengua colonial, amb el suport del mercat i de l’Estat, i el prestigi acaba minoritzant encara més la llengua colonitzada. Llavors ja és un no parar.


O sea, que Gabancho identifica a los castellanohablantes con colonos y a los catalanohablantes con colonizados, fabricando una dinámica social tan falsa como perniciosa. Esa ilusión segregacionista es un insulto, no solo a la inteligencia, a todos los catalanes, hablen el idioma que hablen. La dicotomía castellano-catalanohablante no vertebra las relaciones reales de los ciudadanos en Catalunya; es, en realidad, un tópico presente en el discurso independentista que se desmonta a la que uno, con la mente clara, pone un pie en la calle.

Por si fuera poco, la articulista escribe sin sonrojo que los catalanohablantes son los “amos de la finca”. Y, luego, los fachas serán los otros. Para darle explicación al delirio, pongámonos en antecedentes: Gabancho es una periodista argentina que en su veintena se instaló en Catalunya —con todo el derecho—, adoptó el catalán como lengua de trabajo y se ha convertido en una abanderada del catalanismo. Siendo imposible proveerse de una genealogía de rancia catalanidad, se pasa la vida construyendo la ficción de que la adquisición del idioma otorga los derechos de propiedad del suelo.

Algún tonto le acabará concediendo un premio y una parcela, al tiempo que (muchos) otros nos dedicamos a sudar la tierra en la lengua en la que buenamente nos da la gana. Y, mientras, los adolescentes continúan cantando, pasando sin trauma del Boig per tu de Sau al A quién le importa de Alaska.

jueves, 20 de mayo de 2010

La mi abuela

Siempre he sido una firme defensora de que las lenguas no tienen derechos. Son sus hablantes quienes son titulares de derechos lingüísticos, por lo que cualquier política lingüística que tenga por objeto la protección de una lengua per se carece a todas luces de sentido. La muerte de una lengua, al morir el último de sus hablantes, me parece un proceso natural contra lo que no hay nada que hacer.

Ayer, en un seminario sobre cambio lingüístico, mientras se hablaba de la reducción y la pérdida del artículo en las formas como la mi muger del español medieval, me acordé de mi abuela, que era la última hablante por mí conocida que seguía conservando esa formulación, que ya era escasa en el español del XVI, según la Gramática histórica de Penny.

Mi abuela decía “la mi casa”, tónica la i, y con su muerte culminó un proceso de cambio que había empezado hace siglos. Así, inmediatamente, mi abuela se coloca en una lista de hablantes ilustres: como el famoso Antonio Udina, que murió en 1898 y que fue el último hablante del dálmata, una lengua romance hablada en la actual Croacia.

¿Supone una pérdida lamentable el fin del dálmata? No. Igual que no lo fue el cambio en el sistema que supuso el paso de “la mi casa” a “mi casa”. Las lenguas son de los hablantes, y los hablantes cambiamos y morimos. Las únicas pérdidas, si acaso, son la de mi abuela, para mí, y la de Udina, imagino, para los suyos. Al margen de ello, no cabe el sentimiento: el trabajo de los lingüistas es describir la vida (y la muerte) de las lenguas; el propósito de las leyes es, nada más y nada menos, ocuparse de proteger a los hablantes.

lunes, 17 de mayo de 2010

Dèries


Resulta que la justicia francesa ha pedido a los jueces catalanes que dejen de enviar documentos escritos en catalán, dado que su normativa de usos lingüísticos limita las lenguas en que recibe comunicaciones al inglés, al alemán, al italiano y al español. El empleo de la lengua regional/autonómica como un instrumento al servicio de la desvertebración del estado y, aún más, la complacencia de las instituciones y los partidos estatales es del todo incomprensible en Francia.

Aceptemos que en nuestro patio de vecinos a veces hacemos cosas muy raras, que a muchos pueden llegar a agradarles -a algunos, incluso, les dan de comer-. Pero no esperemos que el edificio de enfrente entienda nuestras dèries tercermundistas.

P.D.: Sigo a la espera de mi pasaporte estadounidense.