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jueves, 10 de junio de 2010

Mujeres y empresa

Hoy empieza en Barcelona el She Leader 2.0., un congreso de mujeres directivas que, según explica su página web, “ofrece recursos y estrategias para mejorar la gestión de las organizaciones y facilitar la promoción profesional de mujeres directivas y profesionales”. Se desarrolla en el marco de la presidencia española de la UE y ha sido organizado por el Departamento de Trabajo de la Generalitat de Cataluña.

Sin embargo, lo cierto es que la idea del techo de cristal que impide el ascenso de las mujeres en la empresa no me acaba de convencer del todo. Opino que el sistema de libre mercado, que es feroz en relación con algunas desigualdades, es ciego en materia de género; es decir, que no puede ser, precisamente, tildado de machista —tema aparte es su tratamiento de la maternidad—. A la empresa le importa un bledo si eres hombre o mujer; sus criterios para calificarte son otros: eres tiempo, eficiencia, rendimiento y contactos. Y Miriam González, brillante abogada y esposa de Nick Clegg, lo tiene todo. De ahí que Acciona la haya nombrado consejera. Feminidades aparte.

sábado, 29 de mayo de 2010

Bordados


En pleno debate público sobre el velo islámico, mi amiga Oumaya se ha vuelto para Túnez tras casi cinco años viviendo en Barcelona. Vino becada por su gobierno para hacer un doctorado en España y, ahora, defendida su tesis sobre creencias lingüísticas en catalanes de primera generación de origen árabe, regresa a casa, donde intentará obtener una plaza de profesora en alguna universidad tunecina. Oumaya es una mujer inteligentísima y muy independiente que lleva velo. Luce unos pañuelos preciosos, que ella misma tiñe cuando viaja a Túnez y que combina hábilmente con pendientes y ropa de colores vivos.

Muchas veces hemos hablado sobre sus razones para llevar pañuelo. Ella considera que es una parte de su cultura a la que no quiere renunciar, libremente. Además, sostiene que hombres y mujeres, de aquí y de allá, llevamos encima muchos “pañuelos” que, si bien nos han sido dados por la tradición, aceptamos con gusto y empleamos para crear una identidad que nos agrada. Por eso, considerar que el pañuelo es señal de sumisión de la mujer al hombre es del todo equivocado. Faltan, dice, mujeres en la vida pública que luzcan el velo porque lo desean, al margen de hombres, malos o buenos, que también los hay.

A menudo, es obvio, hablamos de hombres. Como a las mujeres del cómic Bordados, de la iraní Marjane Satrapi, a Oumaya y a mí nos divierte hablar de tíos y, teniendo ambas la treintena a la vuelta de la esquina, también de matrimonio. El leit motiv del discurso de Oumaya sobre casarse es siempre este, en su español inmaculado: “Antes sola, que mal acompañada”. Y yo siempre contesto que amén.

Cuando nos despedíamos, hace una semana, Oumaya me hablaba del sentimiento agridulce de marcharse. Dice que no sabe cómo va a ser volver a vivir en Túnez, que estos años en Europa le han hecho darse cuenta de que muchas cosas de su país —con importantes restricciones en el uso del velo, por cierto— no le gustan. Yo le dije que, a malas, Barcelona seguiría siendo un buen lugar para vivir.

Me he acordado mucho de Oumaya los últimos días. No sé si quiero que vuelva, o que se quede en Túnez e intente hacer un país mejor. Lo que sé es que quiero que, si un día decide regresar a España, no se encuentre con un país más intolerante y, por ello, peor. Nuestras conquistas están en la Constitución y en el Código Penal, y deben ser irrenunciables. Nada hay allí que permita prohibir llevar un trozo de tela en la cabeza.

Escudar la censura del velo en la igualdad entre hombres y mujeres es un sinsentido, ya que hay mujeres independientes y libres que deciden ponérselo por voluntad propia, del mismo modo que hay mujeres brillantes que no lo llevan. Quizá lo más igualitario sería darles la palabra y dejar que ellas hablasen. Defenderlas sin darles voz, suponiendo qué es lo que ellas deberían querer en el caso de no estar supuestamente sometidas, es, cuanto menos, sacarles el pañuelo a la fuerza y ponérselo en la boca.